Versión estenográfica de la inauguración del Seminario “La Constitución, Análisis Rumbo a su Centenario”, organizado por la Mesa Directiva del Senado de la República.

PRESENTADOR: Buenas tardes. Les damos la bienvenida a la inauguración del Seminario “La Constitución: Análisis rumbo a su centenario”.
Para comenzar este Seminario, escucharemos las palabras del senador Roberto Gil Zuarth, presidente de la Comisión de Justicia.
SENADOR ROBERTO GIL ZUARTH: Muy buenas tardes tengan todos ustedes.
Saludo con afecto a la senadora, a los señores senadores, presidente de Comisión; al senador Arturo Zamora, vicepresidente de la Mesa Directiva del Senado de la República; a los señores embajadores y representantes de las embajadas acreditadas en nuestro país; a académicos, investigadores, asesores de este Senado de la República y por supuesto a mi buen amigo y respetado, Porfirio Muñoz Ledo.
Muchas gracias a todos por atender a este Seminario que hoy inicia y que nos da mucho gusto en el Senado de la República recibirlos, dialogar y debatir sobre temas que son cruciales para el México contemporáneo.
Durante este año Legislativo, bajo la presidencia e iniciativa del senador Luis Miguel Barbosa Huerta, presidente del Senado de la República, de su Mesa Directiva y de la Junta de Coordinación Política, el Senado de la República se ha propuesto pensar y debatir sobre tres cuestiones centrales de nuestra realidad: El Federalismo mexicano, la política exterior y a partir del día de hoy, la Constitución y nuestro constitucionalismo.
La intención de este grupo de Seminarios fue comprender nuestros modelos de descentralización y de cooperación entre órdenes de Gobierno frente a problemas comunes, y desarrollos institucionales dispares; tal y como se nos ha revelado recientemente en materia de seguridad, pero también en educación y responsabilidad hacendaria.
Revisar también el papel de México en un mundo global altamente competitivo, que poco a poco reclama una gobernanza diferente, sobre todo frente a desafíos tales como la sociedad de la información, el capitalismo financiero, los procesos de apertura comercial, el cambio climático y el crimen organizado trasnacional.
En este Seminario, ahora nos proponemos debatir sobre la evolución de nuestra Constitución, de sus contenidos y textos; pero también de nuestro común entendimiento de su función normativa y política. Pretendemos, pues, discutir el ser y el deber ser de nuestra Constitución.
Y esta discusión no sólo es necesaria en razón de que se aproxima el centenario de la promulgación de nuestra Constitución; sino también por el hecho de que asistimos a la mayor transformación del sistema jurídico mexicano desde la promulgación de la Constitución de 1917.
En los últimos nueve años se aprobaron un tercio del total de decretos constitucionales, desde que la Constitución cobró vigencia. El régimen transitorio –por citar sólo un ejemplo de estos decretos constitucionales– duplica el tamaño de la Constitución aprobada en 1917.
Y los cambios no han sido menores: reformas electorales y sobre relaciones entre poderes; en materia de seguridad y justicia penal; derechos humanos; amparo; educación; competencia; telecomunicaciones; energéticos; deuda estatal; transparencia, entre otras.
Estamos inevitablemente frente al cambio de nuestro constitucionalismo, no exento de tensiones, incertidumbres y contradicciones. La Constitución Mexicana se ha abierto plenamente al patrimonio ético de la humanidad que constituyen los derechos humanos.
El principio pro persona, redimensiona los modos de aproximación a los problemas normativos e incorpora un deber de argumentación jurídica a partir de principios subordinados al estándar de la razón pública.
La función de creación del derecho se ha diversificado y pluralizado, con cada vez un mayor protagonismo de los jueces y el progresivo desplazamiento de la ley como la fuente principal que concreta los ámbitos de vigencia de los derechos humanos.
El constitucionalismo decimonónico de estructura tripartita de poderes se ha sustituido en nuestro país gradualmente por el constitucionalismo de las autonomías funcionales.
Hubo cambio de paradigma que altera, sin duda, los controles democráticos sobre el ejercicio de ciertas funciones estatales, pues trasvasa a órganos técnicos las funciones que antes estaban en manos de los poderes con legitimación democrática directa.
Surge en el seno de este nuevo constitucionalismo una suerte de orden jurídico nacional distinto a lo ámbitos federal, estatal y municipal, caracterizado por la existencia de órganos con competencias transversales y normas que acotan la libertad configurativa del legislador local como solución a la rigidez funcional del federalismo mexicano y de la ausencia de dispositivos para inducir a la generación de capacidades institucionales propias en el seno de los ámbitos subnacionales.
Y también esa nueva tendencia de la petrificación de contenidos por la vía del régimen transitorio de las reformas constitucionales; tendencia que, por cierto, refleja dinámicas de desconfianza hacia las mayoría democráticas, es decir, hacia las decisiones que pueden adoptar los legisladores ordinarios.
Esta transformación, consciente o inconsciente, es guiar un hecho político y jurídico. En poco más de 20 años, pasamos de un entendimiento esencialmente político de la Constitución como el texto que sintetizaba el proyecto nacional y consagraba los objetivos vitales de una sociedad a un entendimiento afortunadamente normativo, desde el cual la Constitución crea, distribuye, limita y disciplina el poder; la Constitución como norma, que fija lo que se puede decidir, lo que no se puede decidir o lo que no se puede dejar de decidir por mayoría, como diría Luigi Ferrajoli.
La fuerza normativa de la Constitución fue resultado de dos factores: por un lado, la Reforma de 1994 que transformó a la Suprema Corte de Justicia de la Nación en un auténtico tribunal constitucional y, por otro, un hecho político, el pluralismo resultante de las graduales reformas electorales que definieron la transición democrática mexicana.
La creación del Tribunal Constitucional produjo que los conflictos políticos se trataran como conflictos sobre la interpretación y los alcances de la Constitución, sujetos a un arbitraje imparcial que suplió el predominio político del Presidente de la República.
El pluralismo, por su parte, hizo de la Constitución el escenario natural de la política y activó un conjunto de dispositivos que, bajo el régimen del partido hegemónico eran letra muerta: los derechos fundamentales y libertades públicas como pretensiones eficaces frente al poder, los pesos y contrapesos, los controles interorgánicos, etcétera.
Desde la LVII Legislatura electa en 1997, cobraron nueva dimensión política y jurídica ciertos dispositivos constitucionales, como por ejemplo la glosa del informe, los poderes presupuestales del Congreso, la revisión de la cuenta pública y hasta el juicio político, por citar sólo algunos ejemplos.
Así, la Constitución se volvió la norma del pluralismo democrático y es simultáneamente el marco constitucional en que este pluralismo se desenvuelve.
Nuestro constitucionalismo es ya un constitucionalismo normativo y ello impone nuevos y más complejos desafíos.
La Constitución de 1917 aportó al mundo los contenidos sociales, un conjunto de derechos y pretensiones subjetivas para igualar las relaciones económicas y un arsenal de atribuciones estatales para intervenir en esas relaciones.
Se creó así el constitucionalismo social. El consenso de que la función de la Constitución no se limita a reconocer los derechos de participación política y los derechos de libertad, sino que debe promover las condiciones materiales para la igualdad de oportunidades.
Creamos a través de nuestra Constitución nuestra propia visión del Estado de bienestar, pero la fuerza normativa de la Constitución, la idea de que es una norma vigente y eficaz que se adquirió con la transición democrática, no ha logrado hacer efectivos los derechos de igualdad que hemos reconocido en los textos constitucionales.
La desigualdad es el problema central de nuestra convivencia, no sólo la desigualdad económica, la injusta distribución de la riqueza del ingreso, sino la desigualdad en el acceso de los bienes y a los servicios más básicos.
Es desigualdad también el ejercicio de los derechos de participación de los asuntos públicos, de los derechos de libertad que requiere un Estado fuerte para proteger la vida, la integridad física, la dignidad de las personas; de los derechos de certeza y seguridad jurídica para hacer valer los contratos, resolver oportuna y justamente los conflictos y en general para aplicar la ley, sin distingos de condición personal, cultural, económica o política.
Es la desigualdad que provoca la ausencia del estado en las relaciones sociales. La desigualdad que exige un estado fuerte, no para sustituir el empeño o la iniciativa personal o para dirigir los esfuerzos colectivos, según un plan trazado, sino para eliminar las barreras de acceso a las condiciones materiales de subsistencia y para pacificar a una sociedad cada vez más compleja y cada vez más plural.
A poco menos de dos años del centenario de nuestra constitución, el debate sobre nuestro constitucionalismo es impostergable. Es el debate sobre qué esperamos de la constitución, por encima de las típicas y recurrentes posiciones sobre un nuevo constituyente.
El reto del constitucionalismo mexicano del Siglo XXI es completar la formación de un auténtico estado de derechos que asuma a la persona en su dignad y necesidades vitales y no al estado como el centro de la vida en sociedad y como la médula de la acción política y jurídica.
Un régimen de legalidad en que cada derecho consagrado en la Constitución valga y sirva para imponer deberes al Estado, un orden de solidaridad que impida que nos desentendamos de los demás en la procuración de nuestro propio interés.
Es el patriotismo que reconoce la unidad, no en símbolos ni efigies, sino en realidad es viva, que nos convierte en una sociedad más justa y cada vez más próspera.
Es el patriotismo sobre una constitución que recoge los consensos, principios y reglas que norman y normarán la convivencia de esta generación y las que están por venir.
Les deseamos mucha suerte en este seminario, que sirva para contribuir a las reflexiones y los debates colectivos sobre lo que es y debe ser nuestra Constitución, pero sobre todo para construir, desde nuestra Constitución, el mejor horizonte para una patria ordenada y generosa.
Por su atención, muchísimas gracias.
PRESENTADOR: Escuchemos ahora las palabras del senador Enrique Burgos García, presidente de la Comisión de Puntos Constitucionales.


SENADOR ENRIQUE BURGOS GARCÍA: Señor senador Arturo Zamora, vicepresidente de nuestra Mesa Directiva del Senado de la República.
Muy distinguidas y distinguidos integrantes de este presídium.
Compañeras y compañeros senadores.
Muy distinguidos señores embajadores, excelentísimos embajadores que hoy nos honran con su presencia.
Señores académicos, investigadores.
Amigos respetado y reconocido licenciado Porfirio Muñoz Ledo.
Maestro Parodi, investigador de la Universidad de Padua, Italia, que hoy nos distingue con su presencia, bienvenido, muchas gracias.
Quisiera dejar constancia de agradecimiento y reconocimiento al señor presidente de la Mesa Directiva, el señor senador Miguel Barbosa, por el impulso, por la coordinación, por la perspectiva que junto con los integrantes de la Mesa Directiva, han tenido para incluir dentro de los trabajos del Senado de la República, esta participación, este Seminario, con miras al Primer Centenario de nuestra Constitución.
Ya ha avanzado el tercer milenio y cercanos al centenario de la Promulgación de nuestra Constitución.
Es fácil advertir cómo las sociedades contemporáneas han dado testimonio de las más formidables transformaciones.
En más de nueve décadas, México y el mundo de hoy viven escenarios muy distintos.
La visión del planeta como una red global, o esa ola incontenible de la información a la que alude Toffler, la emergencia de una sociedad dinámica y crítica, el acelerado crecimiento demográfico, las variables de la economía mundial, los hidrocarburos, el medio ambiente, la pobreza, la ignorancia, los fanatismos, la injusta distribución de la riqueza, el desplazamiento de la mano de obra, las grandes concentraciones urbanas, el mestizaje y las etnias, y particularmente esa síntesis de realidades que conocemos como la cuestión social, evidencian la atmósfera densa por la que los mexicanos transitamos.
Estos y otros factores, colocan en un primer plano el debate sobre la vigencia no sólo formal, sino real de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.
En este breve comentario, vale la pena recordar como referencia general, que no podemos perder de vista que, sin ignorar el fenómeno de la globalización, es indispensable pulir la memoria histórica del pueblo mexicano.
Realizar una especie de dialéctica general para tener presente que, con toda proporción guardada en tiempos y en circunstancias, a veces la historia se repite y con ella también los riesgos y los amagos, los de dentro y los de fuera y, no tenemos más tierra ni más cielo, que el de éste de nuestra Patria, la de nuestros padres y la de nuestros hijos, que como colectividad, no tendremos más oportunidad que la que no seamos capaces de generar nosotros mismos, sin espejismos sabedores de que somos una Nación plural, con diversas expresiones políticas, con etnias y culturas distintas, y no obstante nos debemos afianzar en un indispensable común de referencia: La Constitución.
Si la Constitución debe conducir armónicamente las grandes transformaciones de cara al mundo y al tiempo, perceptiva ante los ineludibles ajustes que imponen nuestros cambios y nuestras transformaciones, si los cambios constitucionales se requieren como andamiaje indispensable de la sociedad política organizada, hagamos entonces lo conducente.
En el seno del mismísimo Congreso Constituyente del 17, surgió la oportunidad de prefigurar un estado fuerte y conciliador al propio tiempo, en el que hoy por imperativo de la realidad, tienen cabida reivindicaciones extremas, pero siempre dentro de las fronteras éticas y políticas de la Nación.
No caigamos tampoco en los mimetismos políticos o doctrinarios, en encubiertos sectarismos o inaceptables tutelajes, los cuales en vez de buscar progresos, a veces parecen regresión.
No perdamos de vista el valor de la originalidad del Constitucionalismo Social Mexicano, originalidad que no sólo se finca en su concepción conciliadora de lo social y lo individual, sino en su audacia y nitidez con la cual asume el sentir de la Nación; en su fidelidad para mirar al futuro sin ruptura con las decisiones políticas fundamentales.
No olvidemos que nuestra Constitución previó su propia reformabilidad.
Por esa vía, la Nación puede encontrar reconciliación y consensos esenciales.
Si la política es ante todo, una búsqueda de acuerdos entre los componentes sociales para asomarse al tiempo futuro con sentido de viabilidad; hoy nuestra Constitución representa no sólo el mejor, sino el único camino, el basamento para un gran acuerdo social y político.
Cuando alguien me dice que la Constitución ha envejecido, suelo recordar las palabras de don Jesús Romero Flores, el último de esa estirpe de hombres sencillos y de sentido común, que no se envanecieron con su obra; pero estaban seguros de ella, de su sinceridad y de su fuerza.
Cito: “Estamos ayunos de muchas cosas, más ante el presente mundo confuso, en nuestra Constitución encontramos una síntesis ideológica que nos permite pasar indemnes ante quienes a nombre de la justicia, pretenden ahogar la libertad; y ante quienes a nombre de la libertad, intentan perpetuar la injusticia.
Sí –continúa–, llegamos tarde al siglo XX, pero por llegar transformando para mejor construir; por haber determinado popularmente objetivo, normas y métodos para edificar; por haber obtenido síntesis de ideas nos acercamos antes al siglo XXI”. Termina la cita.
 No arrojemos, pues, por la borda la fuerza y la vigencia de esas voces; no ignoremos el vigor de una auténtica dialéctica popular; ello nos conmina a apartarnos de lo que nos separa para encontrar la reconciliación como fuente viva de esperanza.
Muchas gracias.
PRESENTADOR: Para dar por inaugurado este Seminario, cedemos la palabra al senador Arturo Zamora Jiménez, vicepresidente de la Mesa Directiva del Senado de la República.
SENADOR ARTURO ZAMORA JIMÉNEZ: Muy buenos días tengan ustedes, señoras y señores; distinguidos y distinguida senadora; senador Enrique Burgos, senador Roberto Gil, senadora Luz María Beristáin, don Armando Neyra, señor senador; Zoé Robledo también, señor senador; Rabindranath Salazar, muchas gracias por estar aquí.
Don Porfirio Muñoz Ledo, muchísimas gracias, con un gran reconocimiento a un hombre estudioso y buen intérprete de la Constitución.
Damos la bienvenida al cuerpo diplomático acreditado en nuestro país y a nuestros ponentes, y a todos y cada uno de los asistentes.
Señoras y señores:
Hoy nos reúne la importantísima tarea de preparar la conmemoración de los cien años de nuestra Carta Magna. A dos años del centenario de la Constitución, es fundamental analizar y reflexionar la importancia que tiene para los mexicanos reconocer los principios que en ella se establecen.
Desde el Senado de la República nos congratulamos de conmemorar cien años de una Constitución, que fue pionera y vanguardista a los albores del siglo XX, pues en ella se consagraron por primera vez los derechos sociales.
Nuestra Carta Magna es el reflejo del pacto social que se derivó de la lucha de mujeres y hombres mexicanos que dieron su vida en la Revolución, para lograr una nueva realidad para nuestra nación.
Este Seminario es un evento de alto nivel, en el que participan los tres poderes del Estado, los órganos autónomos, investigadores, especialistas invitados de otros países, quienes comparten con nosotros su visión y sus experiencias sobre la realidad de las constituciones en la actualidad.
Es imperativo destacar la iniciativa del presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República, el señor senador Miguel Barbosa Huerta; su visión y perseverancia han permitido que la realización de este evento sea una realidad.
También es fundamental enfatizar el apoyo de los diversos grupos parlamentarios representados en el Senado, pues su decisión y voluntad de construir consensos hoy se materializa.
Agradecemos, por tanto, su apoyo en este evento a los coordinadores Emilio Gamboa Patrón del Partido Revolucionario Institucional, a Fernando Herrera del Partido Acción Nacional, a Miguel Barbosa del Partido de la Revolución Democrática, a Carlos Puente del Partido Verde Ecologista de México y a Manuel Bartlett del Partido del Trabajo.
Iniciamos el Seminario de la Constitución Rumbo a su Centenario, cuyo objetivo consiste en revalorar los fundamentos filosóficos, históricos, políticos, situación actual y perspectivas de la Constitución de 1917, desde un enfoque amplio, plural e interdisciplinario para encontrar líneas de trabajo en materia de reformas constitucionales.
Para el Seminario que inauguramos el día de hoy, expreso mi reconocimiento también al senador Enrique Burgos, Presidente de la Comisión de Puntos Constitucionales y al señor senador Roberto Gil, Presidente de la Comisión de Justicia; y a los integrantes de estas Comisiones por su trabajo en la organización y coordinación del evento.
En el inicio del Seminario, presentaremos una edición conmemorativa del decreto constitucional para la libertad de la América mexicana sancionada en Apatzingán el 22 de octubre de 1814 en un trabajo elaborado por la Comisión de Bibliotecas y asuntos editoriales del Senado de la República que preside también nuestro distinguido amigo y senador José Zoé Robledo Aburto.
En estos tres días se revisarán por medio de la participación de destacados historiadores, politólogos, constitucionalistas, directivos de institutos y carreras de derecho de las principales instituciones de educación superior de nuestro país, los fundamentos filosóficos e históricos de la Constitución del 17, y reflexionaremos, por tanto, sobre el presente y futuro de nuestra Carta Magna.
Tendremos, además, la conferencia magistral impartida por el doctor Giampaolo Parodi, Profesor de Derecho Público Comparado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Pavía en Italia. Muchas gracias por su presencia, señor doctor, y bienvenido.
Señoras y señores:
Nuestra Constitución es referente de nuestra esencia como mexicanos, de nuestro orgullo como nación independiente en el concierto del mundo. Como toda norma fundamental, es susceptible de adaptarse al momento histórico en que se vive.
En ello debe siempre en su esencia, sus principios, pues en su texto destacan los más elevados anhelos de los mexicanos, y es la impronta de muchos quienes dieron su vida por nuestro México independiente, libre, democrático y, sin duda, de instituciones.
Hablar de la Constitución cuando recientemente hemos incorporado organismos constitucionales, cuando recientemente hemos hecho una gran reforma al artículo 1º constitucional; cuando recientemente también hemos incorporado la tan anhelada democracia participativa, es muy importante y tenemos que pensar que precisamente nuestra Constitución debe seguir formando parte de ese catálogo fundamental, filosófico de principios y valores del pueblo mexicano.
En dos años más, el centenario de la promulgación de la Constitución será el momento ideal de sumar esfuerzos para impulsar el fortalecimiento de nuestra Constitución, con el propósito de que ésta recupere su carácter de pacto social fundante y se convierta nuevamente en la ruta de navegación del país que deseamos seguir construyendo para la presente y las futuras generaciones.
México se encuentra en una coyuntura histórica. Después de la aprobación de las reformas estructurales importantes que se están poniendo en marcha y que tienen como interés primordial el fortalecer la competitividad del país, ampliar los beneficios sociales, económicos y educativos de la población, es importante destacar que en este sentido los actos son de gran utilidad y que los pactos sirven para generar identidad y son actos simbólicos que permiten la cohesión social y que contienen un profundo sentido legitimador.
Por eso, estimados amigos y amigas, siendo las doce horas con cuarenta y cinco minutos, de este día 13 de abril del año 2015, declaro formalmente inaugurado el Seminario “La Constitución, Análisis, Rumbo a su Centenario”.
Muchas gracias y enhorabuena.

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